Por Sofia Guadarrama
La historia de Estados Unidos se destaca porque cada uno de sus presidentes ha creado un villano al inicio de cada gobierno y, por consecuencia, un conflicto armado.
Harry S. Truman estuvo a cargo del fin de la Segunda Guerra Mundial, pero intervino en la guerra de Corea para contener el comunismo en la región.
Dwight D. Eisenhower llevó a cabo una intervención militar en Líbano, en 1958, para contener el comunismo en la región.
Otra vez, obedeciendo la política de contención del comunismo durante la Guerra Fría, John F. Kennedy se involucró en la Guerra de Vietnam y la crisis de los misiles en Cuba en 1962.
Lyndon B. Johnson siguió con la Guerra de Vietnam y, para evitar que el comunismo se expandiera en República Dominicana, llevó a cabo una intervención en aquel país en 1965.
Richard Nixon continuó con la guerra de Vietnam y ordenó los bombardeos en Camboya.
Gerald Ford no inició conflictos nuevos. Se encargó de poner fin a la Guerra de Vietnam en 1975, después de 19 años.
Jimmy Carter fue uno de los pocos que no inició una guerra. Por el contrario, promovió la paz y la resolución de conflictos a través de medios diplomáticos. Intervino para lograr la paz entre Egipto e Israel, lo que llevó a la firma de los Acuerdos de Camp David, y devolvió a Panamá el control de su Canal.
Ronald Reagan volvió al ataque con la Operación Furia Urgente contra Bernard Coard, quien había liderado el golpe de Estado en Granada en 1983, ejecutado a su primer ministro Maurice Bishop y establecido un régimen marxista-leninista alineado con Cuba y la Unión Soviética. Además, para combatir el comunismo en América Latina, envió a la CIA para que apoyara a una fuerza de 500 hombres de rebeldes para que derrotaran al régimen sandinista en Nicaragua y estableció un presupuesto inicial de $19 millones de dólares para financiar a los Contras. En 1986, llevó a cabo ataques aéreos coordinados por la Fuerza Aérea, la Armada y la Infantería de Marina de Estados Unidos. Los objetivos principales eran instalaciones militares y de inteligencia en Trípoli y Bengasi, Libia.
George H. W. Bush emprendió la cacería del dictador panameño Manuel Noriega, a quien acusaron de narcotráfico y crimen organizado. Asimismo, comenzó la Guerra del Golfo en 1990 con la Operación Tormenta del Desierto para “liberar Kuwait” y derrotar a las fuerzas iraquíes.
Bill Clinton llevó a cabo la intervención en Kosovo con el fin de detener las atrocidades cometidas por las fuerzas yugoslavas contra los albaneses de Kosovo. Continuó con las operaciones en Somalia, las cuales fueron un fracaso y las tropas estadounidenses se retiraron en 1994. Ese mismo año, Clinton autorizó la Operación Uphold Democracy para restaurar el gobierno del presidente Jean-Bertrand Aristide.
George W. Bush continuó con las guerras en Afganistán e Irak, las cuales no necesitan mayor explicación.
Barack Obama intensificó la guerra en Afganistán; llevó a cabo una intervención militar en Libia y operaciones contra el ISIS en Irak y Siria.
Donald Trump continuó con las operaciones en Afganistán, Irak y Siria, pero no comenzó ningún conflicto armado.
Joe Biden tampoco inició ninguna guerra. Sin embargo, brindó apoyo militar y económico a Ucrania para su defensa contra Rusia.
Estados Unidos aprovecha cualquier excusa legalmente válida para involucrarse en conflictos bélicos: una de sus principales razones es que, como potencia mundial, debe mantener el orden internacional, y lo ha hecho desde la Guerra Fría, siguiendo la Doctrina Truman y la Doctrina Eisenhower, que se enfocaban en contener el comunismo y la expansión de la influencia soviética. Por lo mismo, Estados Unidos ha mantenido una guerra constante contra los países que pretenden adoptar —o ya adoptaron— el comunismo, como Corea, Vietnam, Líbano, Cuba, Nicaragua y República Dominicana.
Otras razones son la lucha contra el terrorismo global, la protección de sus intereses económicos, políticos y de seguridad; las alianzas y compromisos internacionales y la ayuda humanitaria.
No obstante, sus intereses han sido, son y seguirán siendo los económicos y comerciales, más allá de las formas de gobernar de cada país. Si un país, como Venezuela, se declara socialista, mantiene una dictadura, viola todos los derechos humanos posibles, pero le permite a Estados Unidos extraer petróleo, no es tan malo como parece. La fachada de la Guerra del Golfo era liberar a Kuwait, pero su objetivo era apropiarse del petróleo del Medio Oriente.
La diferencia entre Donald Trump y sus predecesores es que ellos no lo hacían público. Trump tiene una bocota y no sabe quedarse callado. O, mejor dicho, no le importa ser vergonzosamente honesto y pregona que quiere convertir a la Franja de Gaza en una zona turística y le exige públicamente a Ucrania que, si quieren ayuda militar, deben pagar con sus tierras raras.
Finalmente, y no por ello menor, los presidentes de Estados Unidos necesitan un villano favorito y, para fortalecer su imagen, recurren a la unión y la soberanía nacional y, por ende, a las acciones militares.
En su primer mandato, Donald Trump no emprendió ninguna guerra y, seguramente, sus asesores le hicieron saber que políticamente fue un error muy grande. Por eso, en este cuatrienio, el malo de la película es y será México, sus migrantes y sus narcotraficantes.
Ayer, Claudia Sheinbaum le envió de regalo una veintena de narcotraficantes extraditados a Estados Unidos con un moñito en la cabeza para que los presuma en todas sus redes sociales con su frase tan famosa: “Promises made, promises kept.”
Desafortunadamente, eso no será suficiente. La jauría de trumpistas está sedienta de sangre y no descansarán hasta tener fotografías y videos de soldados estadounidenses invadiendo México, lanzando misiles y arrestando narcotraficantes. Si Obama les regaló un reality show en el que mataron a Osama Bin Laden, ¿por qué Trump no podría darles algo así?

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

Comments ()