Por Sandra Romandía
El Senado mexicano acaba de ofrecer una cátedra de micromachismo político de alto nivel. La reforma contra el nepotismo y la reelección inmediata, impulsada por Claudia Sheinbaum, fue aprobada con una pequeña, pero crucial, modificación: no entrará en vigor sino hasta 2030, es decir, cuando ella ya no esté en el poder y el siguiente grupo en turno pueda hacer lo que le plazca con la legislación. El mensaje es claro: Morena y sus aliados en el Congreso no pueden decirle "no" a Sheinbaum abiertamente, pero sí pueden decirle "después". En el fondo, la jugada es tan clásica como predecible: dejar que la presidenta mantenga la ilusión de una victoria, mientras los beneficiarios del sistema siguen garantizando que nada cambie.
El nepotismo es, en su definición más simple, el uso del poder público para beneficiar a familiares, una práctica que se ha perpetuado por siglos con distintos colores partidistas. PRI y PAN fueron los amos y señores del arte de heredar el poder. La 4T, con su discurso de renovación, prometió erradicarlo. Y, sin embargo, aquí estamos, viendo a Morena y al Partido Verde aprobar una reforma que parece progresista, pero con una trampa que la vuelve inofensiva para sus propios intereses.
El senador Adán Augusto López lo anunció con la tranquilidad de quien sabe que ya todo está cocinado: la reforma se aplicará en 2030. ¡Qué coincidencia! Justo después de las elecciones de 2027, cuando podrán postularse figuras como Ruth González Silva, esposa del gobernador de San Luis Potosí, o los siempre presentes Monreal y Salgado Macedonio. En resumen: la dinastía sigue intacta.
Felix Salgado Macedonio, experto en lanzar frases tan lapidarias como vacías, aplaudió la reforma con el entusiasmo de quien sabe que ha ganado el juego. Desde el Partido Verde, Manuel Velasco Coello aseguró que todo era parte de la "unidad" del bloque oficialista. Pero ¿qué unidad es esta, que ignora la voz de la primera presidenta de México? La separación de poderes es un principio básico de la democracia. Que un partido tenga mayoría no significa que sus integrantes deban votar de manera unánime. Sin embargo, aquí el punto no es la sana disidencia legislativa. La pregunta real es: ¿quién puede estar en contra de una reforma que combate el nepotismo? Respuesta: quienes se benefician de él.
El machismo, en su expresión estructural, no siempre se manifiesta de forma directa, sino a través de micromachismos: conductas sutiles, disfrazadas de argumentos racionales, que en la práctica perpetúan la desigualdad. La filósofa Kate Manne describe el machismo estructural como un sistema que "recompensa a los hombres por desempeñar roles tradicionales y castiga a las mujeres que desafían esos mismos roles". Mientras tanto, Pierre Bourdieu, en *La dominación masculina*, explica que estas prácticas son formas de "violencia simbólica", mecanismos sociales que imponen y refuerzan el orden patriarcal sin necesidad de coerciones explícitas.
Aquí entramos en el terreno de la hipocresía. Durante años, Morena ha criticado el nepotismo del pasado. Han acusado a la vieja clase política de usar el poder para beneficiar a sus familias. Han prometido que en la 4T no pasaría lo mismo. Y cuando la presidenta propone cortarlo de raíz, la respuesta de su propio partido es: "claro que sí... pero en 2030".
Este aplazamiento es un gesto machista de libro. No un machismo obvio, sino el sutil, el estructural, el que minimiza y posterga la voz de las mujeres en el poder. La presidenta pidió erradicar una práctica corrupta y patriarcal, y los legisladores le respondieron con la condescendencia de quien sonríe y asiente, mientras esconde la daga.