Por Jacqueline Camacho Rivera
Se acaba febrero, ¿y con ello el amor?
Se sabe que no... ¿o sí?
Imaginemos, por un momento, que el amor se acabara porque solo se celebra una vez al año. Pero, ¿y si no fuera solo un supuesto? ¿Y si, por miedo a ser lastimados, cerráramos nuestro corazón a una de las fuerzas más bellas de la vida?
Algo así me pasó. Y, para no hacer la historia larga, por miedo a "perder" el amor, elegí quedarme en una relación que, desde afuera, parecía ideal: muchos años juntos, un futuro bien trazado y la certeza de haber "logrado" lo que se espera de una pareja estable. Tal vez hubiera funcionado. Tal vez el amor hubiera dado frutos. Pero la duda pesaba. Esa duda que se esconde como un fantasma bajo la cama, con olor a humedad, que cada noche susurra: ¿de verdad quieres seguir aquí?
Porque cuando la admiración y el crecimiento mutuo mueren, ¿qué queda? ¿Costumbre? ¿La presión de cumplir con la lista social de "casarse antes de los 29"? ¿O es el miedo de pensar que, si me voy, no sabré dónde más encontrar el amor?
Por mucho que me recuerde que el amor está en todo, hay algo en mí que aún cree que debe entregarse por completo a una sola persona. Pero después de todas estas preguntas llegué a una conclusión valiosa, y no sé qué opines tú, pero aquí va:
Somos un pastel. O, mejor dicho, el postre que más te guste. Y cuando decidí irme, me di cuenta de que no había perdido el amor por completo; solo se había ido una pequeña rebanada, apenas el 10%. Veo que últimamente suena mucho eso de "me quedé con el amor en las manos", y qué maravilla es eso. Porque quedarse con el amor es, en realidad, un regalo. Es tener la oportunidad de reconstruirse, de tejer con ese amor los pedazos rotos y de descubrir nuevas maneras de sentirlo.
Porque el amor nunca se va. A veces solo nos cegamos, nos aferramos a la idea de que debe venir de un solo lugar, y olvidamos la infinidad de fuentes de amor que nos rodean.
Por eso, hoy te hago una invitación: resignifiquemos el amor. Preguntémonos desde dónde lo estamos compartiendo y si realmente es amor... o solo miedo, ego o dependencia.
Abramos los ojos a nuevas formas de recibirlo: en el primer café de la mañana, en la voz de mamá, en las señales divinas, en el canto de los pájaros, en un mensaje inesperado, en el abrazo de un amigo, en una carcajada de sábado, en el consejo de papá, en la lealtad de un perrito, en la magia de un bosque, en el cine con amigos, en la dulzura de saborear tu comida favorita.